CAMPOS DE INICIATIVAS’ Y ‘PROCESOS TRANSVERSALES’ EN LA CREACIÓN DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN


Una nueva civilización significa desarrollar nuevas maneras de vivir, de experimentar y satisfacer las necesidades, de producir y reproducir la vida social, de organizar la convivencia.
 
Existen actualmente numerosas iniciativas y experiencias económicas, políticas, tecnológicas, educacionales y culturales 'alternativas', que son portadoras incipientes de esas nuevas formas de vivir. Es así que podemos identificar numerosos elementos de la nueva civilización ya presentes en la actualidad. Ellos nos permiten apreciar que el tránsito ya ha comenzado y se encuentra en unos niveles de desarrollo significativos y auspiciosos.
 
Una nueva civilización implica cambios prácticamente en todos los aspectos y ámbitos de la vida personal y colectiva. Pero hay algunos en que las novedades y cambios son más necesarios y más profundos, porque en ellos son más graves los problemas que afectan actualmente a las personas y a la sociedad.
 
Podemos identificar diferentes ámbitos de actividad en que es más importante el despliegue de iniciativas creadoras de nuevos modos de hacer las cosas y de vivir. Cada uno de ellos integra un conjunto de temas, problemas y aspectos que los constituyen en su complejidad. Los llamaremos ‘campos de iniciativas’, siendo los principales los siguientes:
 
1. La alimentación.
 
La alimentación es obviamente esencial, y constituye un primer ‘campo de iniciativas’ de gran importancia en el tránsito hacia una nueva civilización.
 
Actualmente la alimentación presenta graves problemas, que afectan la salud y un buen desarrollo humano.
 
La producción de alimentos vegetales, realizada en forma extensiva, emplea cantidades enormes de fertilizantes químicos y de pesticidas de alta potencia, afectando la genuinidad de los productos y dañando las tierras de cultivo. Hay severos problemas en la reproducción de las semillas y en los cultivos transgénicos.
 
En cuanto a la producción de alimentos cárnicos, la crianza masificada de aves, porcinos y bovinos, y el uso de hormonas y estimulantes artificiales del crecimiento, atentan contra principios elementales del respeto a la vida, y generan productos cuyos impactos negativos sobre la salud están siendo investigados.
 
La elaboración industrial de bebidas y alimentos ‘chatarra’, con excesos de azúcares y grasas, y con sobreabundancia de saborizantes y colorantes artificiales, afectan especialmente la salud de los niños. Los alimentos ultraprocesados son perjudiciales, adicivos, generan aumento de peso y obesidad.
 
Haciendo frente a esos problemas, han surgido en las últimas décadas numerosas experiencias orientadas a generar cambios profundos en los modos de producir alimentos y de consumirlos.
 
Se están desarrollando formas de cultivar alimentos sanos, tales como las huertas orgánicas de autoconsumo, la agricultura biológica u orgánica, la agroecología, la permacultura, la conservación de semillas, las crianzas responsables, etc.
 
Se difunden opciones de alimentación saludable, como el naturismo, el vegetarianismo, el veganismo, la alimentación macrobiótica, y diversas modalidades de dietas saludables.
 
Están también las organizaciones de consumidores, que exigen que los productos alimenticios cumplan normas básicas de salubridad, etiquetados transparentes, genuinidad, etc.
 
Podemos mencionar también movimientos como el slow food, que propician una mejor cultura de la comida y la alimentación, respetar los ritmos y ambientes de una alimentación saludable, promover las tradiciones culinarias regionales y locales, y buscar una mejor calidad de vida asociando el placer y el conocimiento en la alimentación.
 
Estas y otras experiencias orientadas hacia formas de alimentación muy diferentes a las que ha difundido e impuesto la economía y el mercado capitalista, incluyen aspectos importantes de un nuevo modo de vivir y de consumir, mejor relacionados con la naturaleza, más saludables y equilibrados. 
 
Y son relevantes también en cuanto a adquirir un creciente control de las propias condiciones de vida, que implican a nivel personal, familiar, comunitario y social, una creciente autonomía y seguridad.
 
Respecto a todas las tendencias y movimientos mencionados, es importante tener en cuenta que la nueva civilización supone siempre la libertad y la responsabilidad de las personas en base a sus propios modo de ser, de sentir, de pensar y de actuar, de modo que las formas de alimentación emergentes no pueden imponerse, sino que han de difundirse mediante el conocimiento riguroso de las ventajas y de las limitaciones propias de cada alternativa.
 
2. La Energía.
 
Todo proceso y actividad económica implica emplear energías, constituyendo éste un segundo ‘campo de iniciativas’ de alto impacto en el tránsito hacia una nueva y mejor civilización.
 
En las sociedades industriales, de alta urbanización y poderoso aparato estatal, se emplean volúmenes gigantescos de energía, en la producción, el transporte, la iluminación y la seguridad.
 
Para requerimientos tan elevados, la producción de energía se realiza actualmente en plantas inmensas, altamente concentradas, que emplean principalmente carbón, petróleo, gas, energía nuclear, y embalses de agua de dimensiones colosales.
 
Estas formas de generación de energía presentan severos problemas: algunas no son renovables y tienden a escasear y agotarse; otras presentan problemas de seguridad no plenamente resueltos; casi todas tienen graves efectos de contaminación atmosférica, de las aguas, afectan el medio ambiente y contribuyen al cambio climático.
 
Buscando resolver estos graves problemas se han desarrollado formas energéticas nuevas basadas en fuentes renovables, limpias o menos contaminantes, producidas en escalas de menor tamaño, y controlables por la población de cada lugar en que se asientan.
 
La energía solar en sus varias modalidades de captación, acumulación y distribución; la energía de los vientos; la de las aguas de paso; el aprovechamiento de la energía contenida en la biomasa, y algunas otras, forman parte de una búsqueda tendiente a producir energías alternativas respecto de aquellas que presentan los problemas señalados.
 
Forman parte de las nuevas soluciones las tendencias a una más elevada eficiencia que permita reducir el consumo de energía, especialmente en las grandes ciudades y en el transporte de productos y de personas. Se están realizando en tal sentido importantes innovaciones tecnológicas.
 
En la misma dirección se instalan prácticas sociales como la difusión masiva del uso de la bicicleta, y la reducción de las necesidades de desplazamiento físico de las personas y de las mercancías.
 
Es indudable que una nueva civilización requiere alcanzar niveles crecientes de autonomía en el ámbito energético, y afrontar de modos nuevos los problemas de su generación, acumulación y distribución.
 
Ello parece ser una condición necesaria de la sobrevivencia de la vida civilizada, atendiendo a los graves efectos que están teniendo y que tenderían a crecer gravemente si continuamos produciendo y utilizando las energías de los tipos y en los modos en que se ha hecho en la civilización industrial y estatal moderna.
 
 3. La salud.
 
La salud constituye una preocupación primordial de las personas y las familias. Es un tercer ‘campo de iniciativas’ de gran importancia en el encuentro de formas mejores de vivir, correspondientes a una nueva civilización.
 
En las sociedades modernas, no obstante los avances logrados en la disminución de la mortalidad infantil y en el alargamiento de las expectativas de vida, existen muy serios problemas de salud que los modos actuales de procesarla no permiten resolver.
 
Se ha difundido un enfoque mecánico de la salud humana, en que las enfermedades son combatidas con drogas y fármacos especializados para cada dolencia, o mediante cirugías y transplantes de órganos.
 
Con este sistema las personas son objeto de atenciones médicas cada vez más frecuentes, en hospitales y clínicas masivas, en correspondencia con la frecuencia y la difusión social de las enfermedades. Los fármacos y drogas van perdiendo eficacia a medida que se repiten en el tratamiento de enfermedades reiteradas, requiriéndose cada vez dosis mayores y productos de mayor potencia invasiva.
 
Cabe añadir que en la vida moderna se multiplican las enfermedades nerviosas y mentales, el estrés, la depresión, la pérdida de sentido de la vida, la anomia moral, generando formas de vida abiertamente insanas.
 
En las atenciones de salud predominantes no se considera que los seres humanos somos personas integrales, en que las dimensiones corporal, afectiva, intelectiva, de convivencia social y de relación con la naturaleza son interdependientes y constituyen aspectos esenciales de la salud física y mental.
 
En la actualidad las personas son altamente dependientes de los sistemas de salud, carecen de una consistente cultura de la salud que les proporcione autonomía y autocontrol de su bienestar, y muchas enfermedades son autoprovocadas, por malas prácticas de alimentación, de higiene, de cuidado del cuerpo, por consumos adictivos, etc.
 
Como respuesta frente a estas situaciones y problemas, se han desarrollado múltiples formas, concepciones y prácticas alternativas. Cabe mencionar, entre otras, el empleo de dietas, de plantas medicinales, y de extractos vitamínicos y minerales de base biológica.
 
Fundadas en una concepción integral del ser humano, existen experiencias y movimientos que buscan la conservación de la salud y el mejoramiento del bienestar trabajando sobre la conexión mente – cuerpo – espíritu, ente las que cabe mencionar el reiki, las técnicas de yoga y meditación, las terapias enrgéticas, etc.
 
Hay búsquedas centradas también en la recuperación de saberes medicinales antiguos, como la medicina tradicional china, la acupuntura, la medicina ayurvédica, la homeopatía y la naturopatía.
 
Algunas de estas formas de salud ‘alternativa’ están sustentatadas o han sido avaladas por investigaciones científicas rigurosas, mientras que otras se basan en saberes ancestrales y/o de base filosófica y espiritual.
 
Entre la espiritualidad y la salud existen vínculos esenciales, que todas las grandes tradiciones espirituales han siempre resaltado. Lo que al respecto parece hoy necesario es transitar desde prácticas religiosas basadas en el sacrificio y en instituciones jerárquicas, a formas de vida espiritual comprometidas con la felicidad, la plenitud del desarrollo humano, la convivencia fraternal y la valoración de la vida y de la naturaleza en toda su riqueza y diversidad.
 
Saber quién y cómo uno es, conocerse a sí mismo, desarrollar una cultura de la salud, adquirir niveles crecientes de autonomía en la gestión del cuerpo, de la mente y del espíritu, constituyen orientaciones esenciales para una vida más plena, que contribuyen al tránsito hacia una nueva civilización.
 
Lo importante, en el tránsito hacia una nueva civilización, no son tanto las prácticas mismas sino el enfoque integral del tema y de los problemas de la salud, que involucran las dimensiones corporales, mentales y espirituales que son esenciales para el desarrollo y la realización humana plena.
 
Igual que en el tema de la alimentación, en este ‘campo de iniciativas’ que identificamos como la salud, es necesario el respeto de las opciones personales, así como la responsabilidad frente a enfermedades y situaciones que requieren la intervención de la medicina moderna.
 
4. La educación.
 
Un cuarto importantísimo ‘campo de iniciativas’ para alcanzar una vida más plena e ir hacia una nueva civilización, es el de la educación. La actual educación escolar es todavía hoy la que se estructuró a comienzos del siglo pasado con la finalidad de preparar e introducir a los niños y jóvenes en la sociedad industrial y estatal.
 
Es una educación que estandariza, masifica y disciplina a una gran mayoría de niños y jóvenes preparándolos para ocupar lugares subordinados y funciones dependientes en la economía, en la política y en la cultura. Es una educación que inhibe la creatividad, castiga la autonomía y fomenta el individualismo.
 
Muchos educadores, que han tomado conciencia de esta lamentable educación escolar, han desarrollado sistemas y métodos de educación alternativa, orientados a la formación integral de los niños y jóvenes, poniendo énfasis en el desarrollo de la creatividad, de la autonomía y de la solidaridad.
Escuelas Montessori, Waldorf, Escuela Nueva y varias otras constituyen modelos educativos que, manteniéndose insertos en el sistema escolar exigido por los Estados, aplican metodologías que buscan superar sus limitaciones y deformaciones más evidentes.
 
Por otro lado, las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones están dando lugar a un amplio proceso de experimentación, destacando la notable expensión que está teniendo la educación a distancia y el e-learning, que junto con multiplicar las opciones respecto a los contenidos y las formas de la enseñanza, fomentan el autoaprendizaje y la responsabilización de cada uno respecto a sus desarrollos cognitivos.
 
La creciente conciencia de los defectos de la educación escolar están llevando también a muchas familias a acentuar sus actividades educativas, siendo muy significativas las modalidades de educación en el hogar (Homeschooling) que se están difundiendo.
 
La búsqueda de formas de educación que faciliten la formación de personas creativas, autónomas y solidarias, y que promuevan el tránsito hacia una nueva y mejor civilización, es un ‘campo de iniciativas’ abierto a la exploración, tanto en cuanto a los contenidos de lo que corresponde enseñar, a lo ambientes y contextos educativos que puedan organizarse, y a los métodos de enseñanza-aprendizaje. 
 
5. La Ecología y Medio Ambiente.
 
Los problemas del planeta tierra, provocados por la actividad humana, son muy serios. Cada vez hay más evidencia científica sobre el cambio climático, la contaminación de la atmósfera y de las aguas, la desertificación, la extinción de especies, los desequilibrios ecológicos y el deterioro del medio ambiente en general, producidos por el modo en que crece y se expande la economía y la sociedad sobre la tierra. Los efectos se dejan sentir sobre la población, que se ve afectada por cada vez más frecuentes y graves desastres (incendios de bosques, aluviones, inundaciones, sequías, etc.).
 
Se sabe que continuar por el mismo camino conduciría en algún momento no muy lejano a una verdadera catástrofe ambiental y demográfica que afectaría a toda la especie humana. Lo sorprendente es que, si bien aumenta el conocimiento científico y la conciencia social sobre todo esto, nuestras sociedades no cambian de rumbo y se persiste en crecer, producir, consumir y vivir de los mismos modos en que se viene haciendo, con tan graves consecuencias.
 
Una característica típica de la civilización moderna es delegar en el Estado y en las grandes organizaciones económicas la solución a los problemas que aquejan a las personas y a la sociedad. Eso, que ocurre en cada uno de los temas que hemos destacado como ‘campos de iniciativa’ para el tránsito hacia una nueva civilización (la salud, la alimentación, la educación, la energía), sucede de manera especialmente acentuada respecto a los problemas de la ecología y el medio ambiente. Pero ni los Estados ni las grandes organizaciones y corporaciones económicas resolverán estos problemas, pues son ellos que los han generado y los reproducen.
 
Lo que se requiere es una multiplicidad de iniciativas y de acciones particulares, locales, diversas, desplegadas con la máxima descentralización, de modo que en cada lugar o territorio donde se encuentre asentada una persona, una familia, una comunidad, un país, ellos mismas se hagan cargo de su propio ambiente y de las condiciones y circunstancias ecológicas en que se desenvuelve su vida. Dicho más concretamente, cada uno es responsable de la ecología en su casa, en su barrio, en su Comuna, en su territorio.
 
El tránsito a una nueva civilización supone que las personas superen la subordinación y dependencia en que se encuentran, y que asuman protagónicamente el desarrollo de los nuevos modos de vivir, de actuar, de relacionarse y de convivir, desplegando su propia creatividad, autonomía y solidaridad.
 
Frente a los desequilibrios ecológicos y el deterioro del medio ambiente, se despliegan actualmente variadas experiencias, como el reciclaje y la recuperación de desechos, la protección de los animales, el cuidado de la flora y la fauna propias de la región y localidad en que se vive, el empleo racional de las aguas, etc. De ellas son protagonistas personas y grupo conscientes, que se hacen cargo de proteger sus ambientes y contextos naturales y sociales.
 
Un aspecto esencial de la nueva civilización ha de ser un nuevo modo de relación de las personas y de la sociedad con la naturaleza, entendida como condición de la propia sobrevivencia de la humanidad, y como lugar de realización de la experiencia humana en todas sus dimensiones, en conexión con las diferentes formas de vida existentes en la tierra, y con los ambientes y paisajes que nos configuran.
 
Los ‘Procesos Transversales’.
 
Hemos identificado cinco principales ‘campos de iniciativas’ en que es necesario desplegar, y en que  se están desarrollando de hecho, numerosas experiencias conducentes a difundir los nuevos modos de vivir, de relacionarse, de pensar y de actuar, correspondientes a una nueva civilización.
 
En todos y en cada uno de ellos se están creando y difundiendo nuevos modos de hacer economía, nuevas formas de coordinar las decisiones, y nuevas estructuras del conocimiento. A estos procesos que innovan profundamente en los modos de hacer economía, política y ciencia los llamaremos ‘procesos transversales’, porque están impulsando, dando coherencia y potenciando, a todas las experiencias que se van realizando en esos cinco ‘campos de iniciativa’. Ellos son:
 
1.     La economía solidaria.
 
Un primer ‘proceso transversal’ es el de la economía solidaria. En lo esencial, ella consiste en organizar y ejecutar las actividades y los procesos económicos conforme a una racionalidad solidaria, que pone la realización plena de las personas y el desarrollo social integral como los grandes fines a los que se orientan la producción, la distribución, el consumo y la acumulación.
 
Ello se cumple en empresas y unidades económicas diversas, pero que se distinguen por articular a sus componentes internos y relacionarse con terceros y en los mercados, en base a criterios de justicia, cooperación, comunidad, reciprocidad y solidaridad, y teniendo siempre en vista el bien común.
 
La economía solidaria se despliega en todos los campos y rubros de la actividad económica; pero presenta especiales ventajas, eficiencias y potencialidades al aplicarse a los ‘campos de iniciativa’ de la alimentación, la energía, la salud, la educación y el medio ambiente.
 
Al dar su propia impronta a las iniciativas que se crean en estos distintos ‘campos de iniciativa’, la economía solidaria los potencia y los relaciona sinérgicamente. Y dada su propia racionalidad, los hace más coherentes con los objetivos últimos del desarrollo de nuevos modos de vivir, de relacionarse, de pensar y de actuar, en la perspectiva de un civilización creativa, autónoma y solidaria.
 
2.     La coordinación horizontal de las decisiones.
 
Un segundo ‘proceso transversal’ se refiere a la necesaria coordinación de las decisiones y de las iniciativas y experiencias independientes que se despliegan en cada uno de los ‘campos de iniciativa’ mencionados.
 
Hemos destacado que los nuevos modos de alimentación, generación y distribución de la energía, cuidado de la salud, educación y protección de la ecología y el medio ambiente, implican opciones que asumen libremente las personas, que despliegan nuevos modos de vivir, los cuales no pueden ser impuestos por la fuerza ni considerados como las ‘soluciones’ definitivas de los problemas.
 
En estas experiencias se manifiesta una notable diversidad y pluralismo, y no se estructuran autoridades, poderes concentrados ni grandes organizaciones que se impongan sobre las personas ni sobre las experiencias. En ellas no se institucionaliza la separación entre los dirigentes y los dirigidos, que es típica de las grandes organizaciones y estructuras de la civilización capitalista y estatista.
 
En los procesos de creación de la nueva civilización, las personas y los grupos despliegan sus iniciativas con autonomía, en base a su propia creatividad, y solidarizando entre ellos y con el entorno social.
 
Esto implica que el orden colectivo no se impone por la fuerza ni mediante el ejercicio del poder, siendo en cambio indispensable la coordinación de las decisiones independientes, adoptadas por quienes participan libremente en ellas.
 
Es en tal dirección que, en cada ‘campo de iniciativas’ se constituyen redes horizontales que vinculan a las experiencias, les permiten compartir informaciones, se intercambian aprendizajes y saberes, y se coordinan las decisiones cuando se plantean iniciativas y proyectos que convocan la participación de muchos actores.
 
3.     El conocimiento comprensivo de la complejidad.
 
Cada uno de los ‘campos de iniciativas’ en que se dan las búsquedas de formas nuevas de vivir y de resolver los problemas, requieren el desarrollo de conocimientos rigurosos, y de alta complejidad en cuanto en ellos se trata de articular las diferentes dimensiones de la experiencia humana, en orden al desarrollo integral.
 
Por ello, y para transitar hacia una nueva y superior civilización - en la alimentación, en la energía, en la salud, en la educación, y en la ecología y medio ambiente - es necesario alcanzar formas de conocimiento superiores a los que sirven para orientar los procesos estandarizados y unilaterales propios del capitalismo y el estatismo.
 
Hablamos de la necesidad de alcanzar un conocimiento científico que hemos denominado 'comprensivo', y una forma de pensamiento avanzado que ha sido identificado como 'complejo'.
 
El pensamiento unilateral en las ciencias sociales, tiende a hacer generalizaciones 'sistémicas', en el sentido de considerar que toda la realidad está integrada funcionalmente y cada aspecto de ella se encuentra marcada por un único rasgo esencial. Así, se desconoce la pluralidad y se hace imposible comprender la posibilidad de transformaciones estructurales que no sean 'sistémicas', esto es, globales y completas, que se cumplen 'de una vez'.
 
El pensamiento complejo implica superar el pensamiento ideológico caracterizado por el simplismo de las ideas y de las propuestas de transformación de la realidad social.
 
El conocimiento comprensivo implica superar el conocimiento positivista, caracterizado por separar lo objetivo y lo subjetivo, prescindir de los valores en el análisis de los hechos sociales, simplificar la realidad proponiendo teorías generales a partir de aspectos particulares de la realidad.
 
El conocimiento comprensivo implica un esfuerzo de asimilación de concepciones teóricas diversas y aparentemente contradictorias, y en base a ello, la elaboración de un punto de vista superior que, reconociendo la parcial validez de cada una de las teorías parciales, las integra y las supera en una síntesis superior.
 
Con el conocimiento comprensivo y el pensamiento complejo se llega a comprender la diversidad y la complejidad de las estructuras y de los procesos reales, lo que permite generar iniciativas de transformación diversas, creativas, autónomas, realistas, que parten del análisis particular de las condiciones particulares en que se vive y actúa.
 
Ello teniendo en cuenta que el conocimiento se encuentra socialmente repartido, que nadie es poseedor de la verdad completa, y que todos los procesos económicos, políticos y culturales son altamente complejos, por lo cual las transformaciones progresivas que conduzcan a la creación de una nueva civilización deben ser pluralistas, multifacéticas y diversificadas.
 
Luis Razeto Migliaro


 
Para quienes deseen profundizar el conocimiento de la civilización moderna y de su crisis orgánica, y quisieran ser parte de las iniciativas y procesos emergentes que están iniciando la creación de una civilización nueva y superior, recomendamos el libro ¿CÓMO INICIAR LA CREACIÓN DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN?, al que se accede desde este enlace:
 



SOBRE LA PRIMACÍA DE LA SOCIEDAD CIVIL EN UNA NUEVA POLÍTICA - Luis Razeto


Nos preguntamos si hay alguna actividad, o alguna dimensión de la vida social, que podamos considerar como central de la nueva estructura de la acción transformadora, y que en consecuencia se constituya como determinante en el proceso de creación de la nueva civilización.

En la civilización moderna ha sido afirmado con fuerza, por parte de la mayoría de los intelectuales y de las organizaciones que han tenido la intención de transformar la sociedad, que el primado corresponde a la política, que sería la actividad central . Es por ello que se ha sostenido que todo cambio societal debe comenzar desde el Estado, que ha de ser primeramente 'conquistado' por los sujetos políticos portadores del proyecto transformador.

De acuerdo a lo que hemos expuesto anteriormente, en la nueva civilización la primacía o centralidad no debiera radicar en la política, sino en la cultura y en el conocimiento, que por su capacidad de fijar objetivos al desarrollo histórico y de dar sentido a la vida humana, tendrán la capacidad de orientar y dirigir – no autoritaria ni burocráticamente - tanto los procesos sociales como los procesos económicos y políticos. La economía y la política se orientarían conforme a los objetivos del desarrollo humano establecidos en el ámbito de la cultura y del saber compartidos.

Esto hace de la sociedad civil el lugar preferente para la acción integradora y transformadora, o sea para la nueva política, a diferencia de lo que ocurre en la civilización moderna, en que la política se desenvuelve preferentemente al nivel de la sociedad política y del Estado.

Esta afirmación, sin embargo, debe considerarse como una afirmación provisoria e imprecisa, pues la distinción entre sociedad civil y sociedad política responde a una separación entre dos esferas - la del poder público por un lado, y la de las actividades privadas, asociativas y no-gubernamentales por el otro; la de los dirigentes en lo alto y la de los dirigidos en la base -, una separación que corresponde y que ocurre realmente en la civilización moderna, pero que no debiera reproducirse en una civilización nueva y superior.

Pero la afirmación de la primacía de la sociedad civil tiene sentido en la actualidad, o sea mientras la sociedad civil y la sociedad política se encuentren separadas. Es por eso que, puesto que se parte de la realidad actual para transformarla, la nueva política empieza a construirse desde la sociedad civil existente, y a través de su propio desenvolvimiento y despliegue va configurando la nueva política en el seno de la sociedad civil. Así, construida la nueva política al interior de la sociedad civil, en la futura civilización una vez constituida, la distinción entre sociedad civil y sociedad política ya no será una distinción entre realidades diferentes, sino una distinción meramente gnoseológica. Dicho más concretamente, en la nueva civilización no debiera constituirse una 'clase política' distinta y separada de la sociedad civil.

No se concentra la acción transformadora en el Estado ni en el gobierno, no se acepta ya la primacía de la política, la acción transformadora se desplaza desde la sociedad política hacia la sociedad civil. La razón de tal desplazamiento es que el nuevo sistema de acción transformadora está orientado a superar la civilización de la política, de los partidos y del Estado, a superar la distinción entre dirigentes y dirigidos. Si en cambio definiéramos la acción transformadora en el marco de la sociedad política, nos quedaríamos dentro de la política propia de la civilización moderna y de su orden social en crisis.

Una obvia consecuencia de lo que estamos afirmando, es que en la nueva política no se trata de crear uno o varios nuevos partidos políticos. La entidad 'partido político' es propia de la civilización moderna: su primera figura histórica fue el partido jacobino, y su naturaleza es incompatible con la nueva civilización que deseamos crear.

Hay varias razones de esta incompatibilidad; pero la principal es el hecho que, por definición, un partido político es la organización de un grupo particular, que al agruparse se separa e intenta ponerse por encima de la comunidad con la intención de dirigirla. Provisto de una determinada ideología o doctrina, y representando los intereses particulares de un sector de la sociedad, el partido se crea con vocación de poder, teniendo explícita o implícitamente la intención de promover esa ideología o doctrina y esos intereses sectoriales, utilizando para ello el control total o parcial del gobierno del Estado. Y como los grupos que aspiran a lo mismo son varios, cada uno aspirando a representar a una parte de la sociedad y promoviendo una ideología o doctrina particular, la sociedad tiende a dividirse políticamente, a 'partirse' precisamente. Por ésta su naturaleza propia, los partidos políticos luchan entre sí, disputándose el favor ciudadano y el poder del Estado; en consecuencia, los partidos políticos generan división y conflicto en la sociedad. Hay partidos que declaran explícitamente este modo de ser, y otros que lo pueden negar; pero así es y así actúa un partido político en la sociedad actual.

Por su propia naturaleza los partidos políticos afirman y actúan la 'centralidad de la política'. La centralidad de la 'sociedad civil' de que hablamos, comporta un modo de organizar la vida social y de realizar la transformación histórica de manera muy distinta. La centralidad de la 'sociedad civil' significa ante todo, que la nueva política se construye 'desde abajo', desde lo que actualmente se encuentra subordinado: desde lo que los partidos suelen llamar la 'base social'. Es superando esa subordinación, que las personas y sus comunidades, organizaciones y redes, despliegan sus propias actividades de ordenamiento y de transformación social. No lo hacen desde poderes concentrados que se hayan elevado por encima de la comunidad y en los cuales no participan. El orden político se configura, en tal sentido, como una comunidad de comunidades, como una organización de organizaciones, como una red de redes.

Procediendo de este modo, la 'sociedad civil' se va constituyendo progresivamente como 'sociedad política'; se va desarrollando una sociedad civil que es activa políticamente; y una sociedad política que no estará ya separada de la sociedad civil, pues es en la misma sociedad civil donde se configura y establece el orden social necesario para el desarrollo, la transformación y el perfeccionamiento de la vida humana.

La nueva política no es 'partidista' sino integradora de la diversidad, y no es la expresión de las singularidades de grupos humanos diferenciados según sus convicciones ideológicas y sus intereses corporativos, o de clases o grupos sociales. Pero entonces surgen dos preguntas: ¿Qué hace la nueva política con las distintas ideas y los diferentes puntos de vista de las personas y de los grupos sociales? Y ¿qué hace la nueva política con los diferentes intereses particulares, de grupos y de sectores sociales?



Luis Razeto

DEMOCRATIZACIÓN ECONÓMICA Y DEMOCRATIZACIÓN POLÍTICA - Luis Razeto


DEMOCRATIZACIÓN ECONÓMICA Y DEMOCRATIZACIÓN POLÍTICA
1. El problema de las relaciones entre economía y política, y más ampliamente entre sociedad civil y Estado, es uno de los ejes centrales del debate intelectual de nuestra época, a nivel ideológico, teórico y científico. Ciertamente no es una cuestión de exclusivo interés académico; por el contrario, frente a este tema se adoptan posiciones económicas, políticas y culturales de la mayor relevancia.
Curiosamente, el debate al respecto no lleva a enfrentar posiciones de derecha con posiciones de izquierda, reaccionarios contra progresistas, sino que se manifiesta al interior de cada una de esas culturas y frentes contrapuestos. Surge así una oposición de otro tipo, entre quienes privilegian la sociedad civil y la economía y quienes sostienen la primacía de la política y del Estado, tanto en función de proyectos conservadores, reaccionarios o de derecha, como de proyectos transformadores, progresistas o de izquierda.
De este modo, si nos representamos la confrontación tradicional entre derechas e izquierdas en un campo o espacio tal que los distinguimos por su ubicación a ambos lados de un eje vertical, podemos representar las posiciones que se debaten en torno a las relaciones entre economía y política por la división del mismo campo mediante un eje horizontal que distingue un arriba (que privilegia la política) y un abajo (que hace primar las actividades de la sociedad civil). Al lado derecho del campo, en la parte de arriba, podremos encontrar posiciones fascistas, nacional-socialistas y nacionalistas de derecha, y en la parte de abajo las posiciones liberales y neo-conservadoras, mientras que al lado izquierdo del campo, en la parte alta identificaremos las posiciones comunistas, socialistas y de corte leninista, y populistas, y en la parte de abajo las posiciones cooperativistas, autonomistas, socialistas autogestionarias y comunitarias. En toda la parte alta encontraremos el acento puesto en la sociedad política y en el Estado, mientras en la parte baja hallaremos énfasis sobre la sociedad civil, y el mercado. Arriba tendencias centralizadoras, de autoridad y disciplina en torno a proyectos globales (nacionales o internacionales); abajo tendencias a la descentralización, de autonomía y autogestión en torno a organizaciones de base y proyectos locales.
Siguiendo con la representación propuesta, el campo nos resulta dividido no en dos sino en cuatro sectores, lo que permite construir un gráfico posicional con la ubicación relativa de todas las fuerzas y posiciones políticas según su mayor o menor distancia respecto de ambos ejes perpendiculares.
Resulta interesante observar que las posiciones extremas respecto al eje izquierda-derecha resulta también adscritas a lugares extremos respecto del eje economía-política; y que también, aquellas posiciones que se articulan en lugares centristas respecto al eje izquierda-derecha lo hacen también en torno a posiciones centrales respecto del eje sociedad civil-sociedad política. Si ello es verdad, nuestro gráfico posicional nos permite detectar que el espectro de posiciones tiende a distribuirse en líneas imaginarias de frecuencia dispuestas diagonalmente.
Y podemos, también, distinguir, entre posiciones opuestas (cuando dos agrupaciones políticas se encuentran en distinto lado respecto de un eje y al mismo lado respecto del otro), y contradictorias (cuando las agrupaciones las encontramos en distinto lado respecto de ambos ejes). Por ejemplo, hay oposición entre liberales y cooperativistas, entre nacionalistas de derecha y neo-conservadores, entre fascistas y comunistas, entre socialistas leninistas y autogestionarios, etc.; pero hay contradicción entre comunistas y liberales, entre fascistas y cooperativistas, entre neo-conservadores y populistas, etc.
Esquemáticamente, el gráfico posicional resultante es el siguiente:


Estamos conscientes de que esta esquematización implica una simplificación excesiva, y puede tener un uso inadecuado que se traduzca en enojosas reacciones de parte de quienes no se sientan cómodos en las posiciones que se les asigna o atribuye. De todas maneras, puede resultar útil para destacar la
relativa independencia del eje tradicional que distingue entre derechas e izquierdas, respecto al otro que nos interesa profundizar aquí sobre las relaciones entre economía y política, mercado y Estado, sociedad civil y sociedad política. Para que se comprenda mejor la utilidad que esperamos pueda presentar nuestro gráfico posicional, quizás es conveniente agregar algo respecto a los motivos que nos llevaron a pensarlo; y es que en forma recurrente y creciente uno se encuentra en dificultades para identificar respecto de la tradicional distinción entre izquierda, centro y derecha, a diferentes ideas, proyectos y propuestas económicas y políticas que son elaboradas y levantadas por diversos grupos y movimientos, en los años recientes.
Pensemos en algunos procesos que son próximos a los que estamos aquí reunidos. Por ejemplo, en la denominada “renovación socialista”, que está significando una revalorización de la democracia y un distanciamiento del centralismo, un redescubrimiento de los poderes locales y de la descentralización, un accionar que considera crecientemente como sujetos relevantes aquellos que emergen de la sociedad civil. Pensamos también en las posiciones o movimientos que se autocalifican como alternativos, que suponen una valoración de las organizaciones de base y de su autonomía respecto de las instancias políticas, el descubrimiento de las dimensiones tecnológicas y ecologistas, los acentos puestos en la autogestión y en la generación de alternativas económicas basadas en relaciones de comunidad. Me permito recordar también mis propias elaboraciones respecto de las organizaciones económicas populares, la economía de solidaridad, las empresas de trabajadores y la democratización del mercado.
No cabe duda que todos esos procesos y elaboraciones significan desplazamientos al interior de un espacio o escenario político y cultural; alejamiento respecto de ciertas posiciones y aproximaciones a otras. Pero no cabe duda tampoco, de que estos desplazamientos serían erróneamente interpretados si se los encuadra en una simplista distinción entre derecha e izquierda, como si representaran simplemente movimientos hacia la derecha o hacia el centro. Por el contrario, en muchos de ellos hay desplazamientos hacia posiciones muy radicales, como resultado de una acentuada sensibilidad de rechazo a los autoritarismos y fascismos. Desplazamientos y problemas análogos pueden observarse también en el campo de la derecha.
Cada uno puede continuar por estas líneas de reflexión, si les parece que pueden ayudar a cierto nivel de clarificación de los desplazamientos y reordenamientos ideológicos, culturales y políticos. Me limitaré en lo que sigue, dadas las limitaciones de tiempo que tenemos y el cansancio de todos a estas alturas del día, a proponer solamente algunas consideraciones generales sobre la necesaria vinculación en que deben ponerse los procesos de democratización de la economía y de la política, razones que apuntan a destacar, como podría observarse, la importancia privilegiada que atribuimos a los desplazamientos hacia el sector a la izquierda e inferior de nuestro gráfico posicional.
En un sentido más general y amplio, puede mostrarse que la historia de la sociedad moderna ha visto desplazamientos del centro de gravedad político que corresponden con buena aproximación a nuestros cuatro sectores; más exactamente, a tres de ellos, surgiendo la interrogante de si sea llegada la hora de buscar y encontrar soluciones a la presente crisis orientándonos hacia el cuarto sector, aún no explorado.

2. Para comprender adecuadamente el problema de las relaciones entre sociedad civil y sociedad política, es preciso tener en cuenta que su distinción y separación es
un resultado de cierto proceso histórico que se originó en los albores de la época moderna. En el orden social tradicional, entre el sistema de poder o “sociedad política” y el sistema de las actividades económicas, sociales o culturales o “sociedad civil”, existía organicidad: se trataba de un orden jerárquicamente dispuesto, donde cada grupo social se mantenía en su propio espacio vital, y donde los dirigentes y los dirigidos tenían similares creencias y debían comportarse conforme a una misma moral, de carácter fundamentalmente religiosa, que los vinculaba entre sí y los ligaba a una común fidelidad superior. La separación entre sociedad civil y sociedad política se produce con la disolución del orden medieval, como consecuencia del despliegue de las libertades individuales.
Por un lado, la sociedad civil (como sistema de las actividades vulgarmente dichas privadas) se transforma completamente con el desarrollo de las ciencias, del racionalismo, del empirismo, con la expansión de los nuevos métodos de producción, del comercio, el transporte y las comunicaciones, con la formación de la burguesía y de las nuevas clases sociales, con el desarrollo de las ideologías y de los partidos políticos; se transforma y se autonomiza respecto de los poderes tradicionales, constituyéndose como un espacio en que las actividades individuales y la competencia comienzan a desplegarse con libertad, o más concretamente, en un contexto de lucha y conflictos entre intereses y aspiraciones particulares.
Por otro lado, el poder político reacciona autoritariamente en un esfuerzo por conservar y restaurar el antiguo orden, trata de asegurar para sí al menos el monopolio de la violencia y de la administración burocrática; la sociedad política se refuerza, conformándose como un “cuerpo separado” que se pone por encima de la sociedad civil.
Se configura de este modo la primera forma de lo que podemos considerar Estado moderno, con base en la unidad territorial de dimensiones nacionales: el Estado absoluto. La primera figura del Estado moderno es, pues, la de un poder autoritario que se impone por la fuerza y que es estructuralmente restrictivo de las libertades individuales. Estamos en el ángulo superior derecho del cuadrante.
Fue en aquél contexto histórico que una serie de pensadores políticos se plantearon el problema de cómo construir una relación orgánica nueva entre sociedad civil y sociedad política, en un nuevo orden social que no niegue las recién conquistadas libertades individuales y económicas, y que tuviera en cuenta la enorme diferenciación que se estaba produciendo a todo nivel en la vida social.
La respuesta de estos intelectuales fue el proyecto liberal de un Estado democrático moderno, el cual se fue progresivamente realizando en Europa y expandiendo lentamente hacia otras regiones del mundo. El Estado democrático moderno surgió, así, como un método y una forma de organizar el gobierno político de la sociedad allí donde se reconoce a los individuos la libertad económica, de asociación política, el pluralismo del pensamiento y la circulación libre de las ideas. En su Estado puro, el ideal democrático liberal implica en primer lugar la autonomía de la sociedad civil respecto de la sociedad política: las actividades económicas, culturales, religiosas, políticas, científicas tienen en la sociedad civil su espacio de desarrollo libre, sin interferencias estatales. Respecto de ellas el Estado se limita a fijar las “reglas de juego”, o sea normas generales comunes a todos, garantizando los derechos de los ciudadanos y la propiedad privada. Garantía de la autonomía de la sociedad civil es la sujeción del Gobierno a un orden constitucional que establece los límites de su poder de modo restrictivo.
En segundo lugar, el ideal democrático implica la representatividad de la sociedad política y de los poderes públicos; esto significa que la legitimidad del gobierno y de las autoridades se construye en la sociedad civil y se manifiesta a través de la expresión de la voluntad soberana del pueblo a través del voto.
El tercer elemento del modelo democrático liberal es el carácter no-ideológico y la neutralidad del Estado. El Estado no tiene una ideología oficial permanente, es institucional y formalmente neutro respecto de las ideologías y formas de pensamiento que se desarrollan en la sociedad civil. Estas formas ideológicamente vacías del Estado se llenan de aquellos contenidos intelectuales y morales que se desarrollan autónomamente en la sociedad civil, siendo el Estado orientado, cada vez, por aquellas concepciones que logran en ésta un desarrollo mayoritario y hegemónico. Sólo así las distintas expresiones culturales podrán sentir que el Estado no las excluye a priori, pudiendo confiar en que su expansión en la sociedad civil las puede llevar a acceder a funciones políticas dirigentes. La neutralidad del Estado es afirmada no sólo respecto a las ideologías, sino también económica y jurídicamente: todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y el Estado no interviene en los contratos privados ni en las relaciones de mercado, sino fijando normas de validez general.
La idea central de este ideal democrático es que la sociedad política sea representativa de la sociedad civil, que le esté subordinada y dependa de ésta en su evolución, teniendo además un margen de poder limitado constitucionalmente. La democracia moderna surge, pues, como una tendencia reductora del Estado, y se afirma históricamente en lucha y oposición al absolutismo que constituyó la primera figura del Estado nacional moderno. Hay, pues, en este proyecto democrático-liberal un consistente desplazamiento hacia la parte inferior del cuadrante.
Este modelo teórico-político del Estado liberal democrático fue asumido por los grupos sociales emergentes en el contexto del desarrollo del capitalismo y el industrialismo, en particular por aquellos sujetos que desarrollaban iniciativas económicas y políticas fundadas en la propiedad privada y el capital. El centro de gravedad se coloca consecuentemente en el ángulo inferior derecho del cuadrante.
El ascenso del “bloque burgués”, la difusión del nuevo tipo humano –el individuo libre sujeto de derechos económicos, políticos y culturales-, y la ampliación del mercado capitalista, cumplen una etapa significativa en la historia política moderna; sin embargo, dichos procesos encuentran pronto sus límites históricos y estructurales. El individuo sujeto de iniciativa económica y empresarial se realiza sólo en una proporción limitada de la población, porque dicha iniciativa supone la posesión de capital y de propiedad, dada la configuración capitalista del mercado; la empresa capitalista implica estructuralmente una fuerza de trabajo social no individualizada, no libre sino sujeta a utilización heterónoma.
Amplios, mayoritarios grupos sociales quedan al margen de la libertad económica, permanecen subordinados al capital, constituyéndose como una masa proletaria dependiente y no diferenciada en individualidades libres. También la individuación intelectual –el individuo en cuanto sujeto libre de pensamiento y de actividad creativa-, permanece restringido a los grupos intelectuales dirigentes, mientras que grandes masas quedan al margen del desarrollo científico y cultural moderno, y no alcanzan tampoco la libertad de expresión que queda fuertemente condicionada a la posesión de medios económicos.
Así, el proyecto económico-político liberal comienza a poner de manifiesto precozmente sus contradicciones, su utopismo, la no-correspondencia de sus supuestos teóricos con los datos de la realidad social: el ser un modelo político pensado para organizar hombres libres, que en la realidad capitalista constituyen sólo una minoría social. Hay en este sentido una suerte de realismo político aristocrático en la instauración de “democracias restringidas” que reconocían derechos ciudadanos sólo a ciertas clases o a quienes acreditaban determinados niveles culturales. Pero las pretensiones del modelo teórico eran universales. Antes que el proyecto democrático liberal llegara a perfeccionarse históricamente, comienza a deteriorarse: la sociedad política se revitaliza y separa de los controles de la sociedad civil; muchos tornan a la concepción del Estado como pura fuerza, como cuerpo separado por encima de la sociedad civil.
El proceso histórico es al respecto complejo y diferenciado según los países y regiones; no podemos pretender aquí dar cuenta del mismo. Pero la dirección que sigue es inequívoca, en el sentido de un desplazamiento del centro de gravedad hacia arriba. En concreto, el Estado fue reasumiendo crecientes funciones, desplegando nuevas actividades, creciendo y abandonando su neutralidad social e ideológica. La burocracia pública se desarrolló notablemente consolidando grupos de funcionarios permanentes (civiles y militares) que escapan al control de los mecanismos de representación. Ante la presencia de movimientos sociales de reivindicación popular en lo económico, o de oposición política a los gobiernos, el Estado reacciona desplegando actividades coercitivas y ampliando los aparatos policiales. Los ejércitos permanentes se expanden inusitadamente ante las guerras y conflictos potenciales entre los Estados.
Se va configurando un tipo de Estado que tiene dos principios de organización paralelos y complementarios, y consecuentemente dos estructuras interrelacionadas en un sistema de poder y dirección complejo. Junto al principio y al sistema de representación (cuyos órganos principales son los partidos políticos, el parlamento, los medios de comunicación, las asociaciones privadas, etc.), se configura un sistema burocrático (cuyos órganos son todos los aparatos de la burocracia civil y militar relativamente independientes de la opinión pública). Mientras el lado representativo del Estado se legitima a través de las expresiones políticas de la voluntad ciudadana, el lado burocrático obtiene su legitimidad en base a las competencias técnicas y a la eficiencia que manifieste en el ejercicio de sus funciones.
En esta nueva forma –llamada también democracia- el Estado se presenta como una combinación de fuerza y consenso, de hegemonía y de control, de dominio y de coerción política. En esta nueva configuración de los Estados modernos, las relaciones entre economía y política, y más en general, entre sociedad civil y sociedad política, y entre dirigentes y dirigidos, se tornan más complejas, más densas, viscosas. Se trata de una verdadera crisis del modelo liberal que tiene su origen y que a su vez da lugar a procesos sociales, culturales y políticos de vastas proporciones. Como respuesta a esta crisis y como resultado de estos procesos, los Estados evolucionan en formas diferenciadas.
En algunos casos la energía social y política de las masas subordinadas desborda los canales del orden estatal establecido y conduce a una reestructuración global de la sociedad. El fenómeno de los socialismos reales surge de la derrota histórica de la burguesía y del movimiento democrático en sociedades en que habían alcanzado menor desarrollo y consistencia, levando a una reestructuración del sistema económico-político tal que la sociedad civil es ampliamente absorbida por el Estado y subordinada a la sociedad política. Tenemos en todos estos casos, un rápido desplazamiento hacia el sector izquierdo del cuadrante, acompañado de un nuevo y acelerado desplazamiento hacia su parte superior. Esas sociedades encuentran, así, su centro de gravedad en el ángulo superior izquierdo de nuestro gráfico posicional.
En otros casos los sectores plutocráticos imponen su poder con el uso de la fuerza y de la propaganda técnicamente perfeccionada, desmontando también la institucionalidad democrática. El fenómeno fascista es, en esencia, la estructuración de un Estado autoritario que garantiza el poder burgués impuesto burocráticamente a una sociedad civil en la cual han sido abolidas las autonomías políticas y culturales, y donde gran parte de las actividades “privadas” tienden a ser controladas por, o incorporadas a, la esfera estatal. Nos hallamos en estos casos siempre en el plano de arriba, pero en el extremo derecho.
En otros casos, en fin, donde las estructuras democráticas habían alcanzado mayor consistencia y donde la sociedad civil era más homogénea y cohesionada, se logran combinaciones en las que se conservan elementos importantes del modelo democrático liberal junto al desarrollo creciente del tamaño del Estado y de sus funciones económicas, políticas y culturales. En este sentido se verifican muchas experiencias diversificadas: quizás las más importantes son las del fenómeno norteamericano y del fenómeno socialdemócratico. El fenómeno norteamericano es, en esencia, el de un Estado que mantiene las formas y estructuras democráticas y el predominio de la clase burguesa, pero donde la hegemonía y el poder se ejercen fundamentalmente a través de la burocratización y tecnificación funcional de los mismos instrumentos de la representación: el lado burocrático del Estado ha penetrado subrepticiamente el elemento representativo; sin que se niegue la autonomía de la sociedad civil, el nexo entre ella y la sociedad política está construido más “técnicamente” que “políticamente”. El fenómeno socialdemócrata consiste en la estructuración de un Estado donde el lado representativo y el lado burocrático se equilibran democráticamente, pero en donde se ha reducido la autonomía de la sociedad civil; se mantienen en la esfera privada gran parte de sus actividades propias, pero la sociedad civil es sometida como conjunto al control de una sociedad política que se ha expandido notablemente.
En su conjunto estas reestructuraciones implicaron globalmente una inaudita expansión del Estado, y consiguientemente una acentuación de la primacía de la política frente a los demás ámbitos de la actividad social. En particular, la “gran crisis” de los años treinta y la respuesta que se le dio en términos de ampliar la intervención del Estado en la regulación del mercado y en el control de ciertos medios de producción fundamentales, han alterado sustancialmente la relaciones entre economía y política. En efecto, el Estado redistribuye ingresos, amplía la demanda pública, salva empresas, despliega servicios públicos para su satisfacción socializada, desarrolla sus propias capacidades empresariales, planifica y programa proyectos nacionales, se constituye como el principal centro de comunicación social, difunde y publicita ideologías, filosofías y religiones. Con todo ello, la sociedad civil se torna crecientemente dependiente de la sociedad política, y junto con ello, las personas, comunidades y grupos sociales de cualquier tipo entran también en situaciones de dependencia tan profundas que la actividad reivindicativa se convierte en uno de los mecanismos principales de participación en los sistemas de distribución y asignación de recursos y de ingresos.

3. A este punto de nuestra exposición se abren varias alternativas de continuación del análisis, que apuntan todas ellas en la dirección de dar fundamentos a una propuesta de democratización real (que desplace el centro de gravedad hacia la parte inferior del cuadrante) y de socialización sobre la base de un desarrollo popular centrado en el trabajo (que los desplace hacia el lado izquierdo), esto es, a un proceso de experimentación práctica elaboración teórica y realización histórica, al interior del sector menos explorado intelectual, política y económicamente, esto es,
el sector inferior-izquierdo del gráfico posicional.
Podría, por ejemplo, examinarse y diagnosticarse con rigor la crisis que afecta desde hace algunas décadas a los varios sistemas económico-políticos que se basan en la primacía de la política y en la subordinación o absorción de la sociedad civil en el Estado. Con tal examen podría concluirse que estamos en presencia de una crisis orgánica, estructural, en el sentido que engloba y afecta profundamente tanto las estructuras económicas como políticas, el mercado como el Estado, y las relaciones entre economía y política: de donde surge la necesidad de hacer frente a tal crisis y superarla mediante una nueva propuesta o proyecto de vinculación orgánica entre sociedad civil y sociedad política, tal como puede resultar de procesos simultáneos de democratización del mercado y democratización del Estado.
Podría también procederse a someter a análisis crítico las propuestas ideológicas tradicionales con que se suele buscar solución a los problemas, y en particular a las elaboraciones neo-liberales, marxistas y nacionalistas, y poner de manifiesto las insuficiencias que contienen y las incoherencias que implican a nivel de los supuestos prácticos que en cada caso es preciso construir para que el modelo que proponen funcione racionalmente. Con tal análisis podría argumentarse la necesidad de nuevas elaboraciones teóricas alternativas que tengan en cuenta las experiencias históricas y los nuevos datos sobre lasa consecuencias ecológicas, sociales, antropológicas y militares que han derivado de las opciones estatistas e industrial-capitalistas que han efectuado nuestras sociedades.
Podrían también rastrearse las tendencias emergentes de la sociedad, tanto a nivel popular como intelectual, que ponen de manifiesto el surgimiento de nuevas formas de organización y asociación en vistas de ampliar los espacios comunitarios y de autonomía, junto a otros muchos signos que denotan una revitalización de la sociedad civil y un cierto distanciamiento de muchos respecto a las formas tradicionales de hacer política.
En fin, sería posible también proceder a una búsqueda a partir de los valores, aspiraciones e ideales que van delineando el perfil de las nuevas utopías sociales, y descubrir como la búsqueda racional y coherente de los medios más apropiados para aproximarse a su realización nos orientan hacia la actividad solidaria y creativa, autónoma, autogestionada y asociativa, a nivel de procesos organizativos propios de la sociedad civil.
Así, por distintos caminos de análisis y de reflexión es posible encontrar fundamentos complementarios a un nuevo sistema de acción transformadora que actúe desde el sector inferior-izquierdo del gráfico posicional. Pero no es posible entrar aquí en ninguno de esos caminos de análisis y reflexión, que pueden adquirir validez solamente si son seguidos con mucho más rigor y profundidad de lo que es posible alcanzar en los límites de una ponencia en un seminario.
De paso, es conveniente advertir que el proceso intelectual y político por el cual se acceda a una definida ubicación en el sector será muy diverso dependiendo del punto de partida en que se origina el desplazamiento; por distintos caminos, lo importante será llegar efectivamente al sector, y asentarse establemente y con sólidos fundamentos en el mismo. Los resultados serán de todas maneras parcialmente distintos: habrá pluralismo y complementariedad entre posiciones afines, que se podrán dinamizar y enriquecer recíprocamente, en una lógica de diferenciación y composición pluralista que es propia y característica de la sociedad civil, que no se pone las exigencias de homogeneidad, unidad monolítica y disciplina que son tan valoradas según la racionalidad propia de la sociedad política.
Si el origen del desplazamiento es el sector superior izquierdo, es probable que el movimiento ideológico-político a que dé lugar asuma las connotaciones de una especie de socialismo autogestionario, democrático y autonomista. Si el punto de partida está en el sector inferior derecho, el movimiento puede asumir las connotaciones propias de una suerte de liberalismo de izquierda o popular. Si el movimiento proviene de posiciones centristas, puede asumir las connotaciones de un cooperativismo renovado o de un proyecto comunitario con énfasis en los sectores populares, en la descentralización y en las autonomías locales. Aquellos movimientos que se originan desde el comienzo en el propio sector inferior-izquierdo, tenderán a enfatizar las connotaciones autonomistas y alternativas de su proyecto particular.
Cualquiera sea el origen y el movimiento que se siga, habrá entre todos ellos un proceso de convergencia que conlleva una recíproca valoración de los elementos que cada uno rescate de su propia posición inicial y que deberá aportar a la configuración del nuevo sector: a ello se sumará el reconocimiento de los valores y elementos de validez universal que serán aportados por cada uno de los demás componentes que forman parte del sector.
De parte de los sectores socialistas, el proceso implicará una valoración y reconocimiento de la sociedad civil y de su legítima autonomía, de los valores de la libertad individual y de su articulación práctica en un sistema competitivo y eficiente de asignación de recursos, de distribución de ingresos proporcional a los aportes efectuados al beneficio general (con las necesarias correcciones fundadas en la solidaridad y la búsqueda del bien común), de libertad de pensamiento y expresión tanto a nivel ideológico como científico, religioso, artístico, etc.; más en general, una valoración de aquella parte de los contenidos del proyecto democrático-liberal que tienen un valor universal. Deberán descubrir que el propio ideal socialista no puede materializarse sin una efectiva democracia económica y política.
De parte de los sectores liberales, a su vez, el proceso implicará una valoración y reconocimiento de aquellos contenidos de valor universal que han sido aportados por la cultura socialista y de izquierda; en particular, pensamos por ejemplo en la lucha por la liberación de los sectores populares oprimidos, en los valores de la socialización de la economía, la política y la cultura como contrapeso al individualismo economicista, la primacía del trabajo sobre el capital, y en consecuencia la reversión de los procesos de subordinación y explotación del trabajo por el capital. Deberán descubrir, entre otras cosas, que el propio ideal democrático no puede realizarse históricamente mientras la propiedad se encuentre concentrada en pocas manos, y el poder económico se halle monopolizado por sólo algunos segmentos de la sociedad civil.
Los sectores que provengan de posiciones centrales, junto con acentuar su parcial valoración de la libertad individual y de las exigencias de socialización implicadas en todo proyecto de justicia social, podrán aportar aquellos elementos de autogestión y cooperativismo que suelen postular en posiciones sin embargo subordinadas, que podrán ser consistentemente renovados en la medida que se los impregne de un mayor convencimiento respecto de sus exigencias de autonomía y de un más definido contenido popular.
Pero no se trata de hacer en cada caso una combinación híbrida de elementos culturales, teóricos y políticos provenientes de distintas tradiciones, sino de alcanzar –vuelvo a decir, en cada caso- una articulación coherente de elementos asumidos y valorizados en los términos de la propia cultura e historia particular, lo cual implica su reelaboración intelectual autónoma y nueva, en busca de una coherencia y racionalidad superior a las actualmente postuladas por cada uno. Por cierto, ello es una tarea intelectual de largo aliento, que en una exposición como ésta no puede sino ser enunciada, e incluso eso de manera bastante elemental y esquemática.

4. En términos puramente indicativos, y a manera de conclusión, quizás sea útil sugerir para la discusión algunas ideas generales que se presentan como constitutivas de este nuevo espacio teórico-político y de su crecimiento.
Un primer elemento es la necesidad de una enérgica recuperación del tema de la libertad y del valor del individuo. Si la democracia ha experimentado crisis, no ha sido por un exceso de libertades individuales sino por restricciones e insuficiencias de ellas. Naturalmente, el problema de la libertad individual y de la libertad económica no se plantea en los términos en que lo abordó el liberalismo. Hoy la afirmación de las libertades individuales debe hacer frente al problema de la burocracia, de la masificación, de medios de comunicación que actúan de manera avasalladora de la conciencia e incluso a niveles subconscientes, a la explotación del trabajo y a la exclusión de vastos sectores respecto del mercado; el desafío principal consiste en extender las libertades principales hacia sectores sociales que nunca las conocieron, y en desarrollar individuos en que por sobre el espíritu de competencia se erija una conciencia solidaria.
En estrecha vinculación con lo anterior, se presenta la necesidad del desarrollo de una economía popular, basada en los valores de la solidaridad y la cooperación, no articulada en torno al capital sino al trabajo y la creatividad social, tal que permita a los sectores populares superar conjuntamente la alienación, la exclusión y la heteronomía, mediante la progresiva ampliación de los espacios en que los hombres conquistan de nuevo el control perdido sobre los medios y condiciones de vida.
El análisis de las sucesivas transformaciones y crisis del Estado democrático moderno evidencia que un problema de fondo que debe resolverse radica en la conformación no-democrática del mercado, sea en cuanto el predominio del capital ha impedido la universalización de las libertades económicas y políticas y llevado a la masificación de grandes sectores sociales, como en cuanto que el poder público ha ampliado su esfera de acción limitando las potencialidades de la creatividad popular e induciendo comportamientos predominantemente reivindicativos. Condición de un Estado democrático parece ser la conformación democrática del mercado, de modo que un proceso de democratización política debe ir acompañado, y en cierto modo precedido, de un proceso de democratización económica. Las experiencias cooperativas y autogestionarias demuestran que el funcionamiento de un mercado libre no-capitalista es posible, y señalan una dirección de búsqueda.
Otro elemento que se asocia coherentemente a los anteriormente mencionados, es la necesidad de estructurar una estrategia alternativa para un desarrollo alternativo. Ello implica incluso pensar el concepto de desarrollo de un modo distinto al tradicional: comprender que el desarrollo no es industrialización y gigantismo sino calidad de vida y dimensiones humanas; disociar el desarrollo de la simple acumulación de capital, y comprenderlo más profundamente como incremento del saber práctico; comprender que los artífices principales del desarrollo no son los industriales y los burócratas, sino los científicos y técnicos, las fuerzas del trabajo y los sectores populares.
Todos los elementos mencionados apuntan en la dirección de afirmar la autonomía de la sociedad civil respecto a la sociedad política. Pero esto no consiste solamente en la definición y promulgación de normas jurídicas y constitucionales que las garanticen; la autonomía de la sociedad civil no es una concesión de la sociedad política o del Estado, no se construye en la política sino en la misma sociedad civil, mediante su propio despliegue autónomo. Se trata, entonces, de transformar la sociedad civil sobre nuevos principios y bases, creando en el seno de la actual raquítica sociedad civil una sociedad civil nueva, abriendo y ensanchando espacios de autonomía económica, política y cultural no sólo para los individuos, sino también para las comunidades y grupos organizados de base e intermedios.
Requisito de la autonomía de la sociedad civil en las condiciones actuales, o lo que es lo mismo, de la existencia y desarrollo de nuevos espacios de iniciativa económica, política y cultural independientes, son la reducción del tamaño del Estado y la contención del poder político. Pero la reducción del tamaño del Estado y de sus funciones no necesariamente debe significar una reducción de la dimensión social de la vida humana. El Estado no es la única instancia de lo que es común a los hombres; por el contrario, dadas sus dimensiones macrosociales presenta peligros de burocratización de las relaciones y hace difícil en tal nivel la participación efectiva de las personas y grupos. Junto con la reducción del Estado y la afirmación de las libertades, será preciso postular y desplegar prácticamente nuevas formas de organización social, de participación y de solidaridad.
Parece claro, en todo caso, que debe irse hacia una superación de la estadolatría (como la llamó A. Gramsci) que ha caracterizado el pensamiento de la mayoría de los intelectuales y dirigentes políticos del siglo XX, y cuya fascinación también nosotros hemos vivido. Las soluciones que se han propuesto desde las primeras décadas del siglo para hacer frente a las distintas manifestaciones de la escisión entre sociedad civil y sociedad política han estado, en efecto, dominadas por la tendencia a la absorción de la sociedad civil en la sociedad política, con la consiguiente hipertrofia del Estado y de las burocracias y de la sobrepolitización de las actividades humanas.
La construcción de una nueva sociedad “a escala humana”, de una sociedad democrática en lo económico, lo político y lo cultural, parece requerir un proceso inverso, de progresiva reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil; un proceso a través del cual los individuos y las organizaciones de base e intermedias reasuman actividades, derechos y decisiones que se han concentrado en el Estado, burocratizado y excesivamente politizado. Tal proceso, sin embargo, no implica una despolitización de las personas y de las asociaciones sino más bien lo que podríamos llamar una “socialización de la política”: el término de la concentración del poder y la construcción de nuevas relaciones entre dirigentes y dirigidos, a partir de estos últimos.  

Luis Razeto 



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